El amor que yo siento por ti es algo diferente,
no se da, porque si nada más por eso hoy
vengo a verte. En la vida se puede vivir y llegar
a morir sin haberlo encontrado yo no quiero perder
lo que puedo perder si no estoy a tu lado.
Hay amores que nos quitan el sueño, hay
amores que nos roban la vida, hay amores que nos
matan de pena, son amores que jamás se te
olvidan y hay amores como el que yo te ofrezco que
es tan grande que no tiene medida este amor que
nació al conocerte para toda la vida.
Se que no tenés idea de lo que te hablo, seguro, pero no te preocupes: algún día la tendrás
lunes, 7 de diciembre de 2009
domingo, 6 de diciembre de 2009
Mula que es uno
Al pisado lo conocí en un grupo de mara católica al que fui cuando tenía como 10 años y en donde casi me gano una mi beca para estudiar en el Cielo y graduarme de Querubín en Rezos y Villancicos. Y ahí fue donde nos enteramos de su clavo. Cuando le tocó pararse enfrente y compartir su testimonio (si no pasabas te mandaban a la mierda), tartamudeó un cacho pero de ahí empezó: eh… jóvenes… bueno, pues yo… este… (se presentó como el resto)… desde que tenía como nueve años… yo… (contó alguna mamada de la infancia)… pero bueno, para resumir… ¿cómo les pudiera decir?... mi clavo es que soy… o sea… el clavo que tengo pues es que… soy… ¿qué les diré?... la cosa es que sufro porque soy… este… (empezó a hablar como si ya chiara)… porque pues… no sé… yo creo y siempre he creído que soy… o sea… a mí me han dicho… (aquí pone cara de no saber cuánto es 342 × 17.5 ÷ 9)… yo… este… ¿qué era lo que les iba a decir?... este… ¡ah, sí!... que mi clavo es que soy mero mula… y lo dijo así, como lo oyen. Y puta, los que pensábamos que iba a decir: hueco, bolo, drogo, caco, marero, matón, tahúr, vago, etc., tuvimos que aguantar la risa y ver para otro lado.
La mara se le quedó viendo como diciendo: ¿Y vos quéeeeeee putas mano? Juan Ramón Andrés Ricardo (asi se llama y no es pajas) no aguantó la presión y soltó un aullido y empezó a chiar como si le ‘bieran amputado una pierna sin una gota de anestesia. Sí, se puso a chiar enfrente de todos. Y el coordinador, Don Pelos, aguantándose la risa, tuvo que acercársele y abrazarlo, para que se calmara. De ahí en adelante, todos sus testimonios tenían un hilo conductor: soy un mula, es que por mula, mero mula, yo tan mula vos, no se me quita lo mula, para mula no se estudia, yo de mula, mula que es uno…
La verdad es que si Juan Ramón fuera un ermitaño a lo mejor no se sentiría tan presionado por su clavo, pero la onda es que la vez que tiró el cigarro y se quedó con el cuete, haciéndose mierda tres dedos de la mano derecha, no estaba solo: estaban sus veintipico de primos. Tampoco estaba solo cuando por llevársela de graciocito corrió detrás de una burra para irse colgando de la escalera, olvidando limpiarse las manos después de haber hartado pollo frito; la grasa, ni modo: los raspones en la ficha tardaron un vergo en volverse costra y tuvieron que ponerle un par de dientes nuevos. Nunca estaba solo; siempre había más de algún testigo. Como la vez que en la fila de un conciertón pérez estuvo a punto de ganarse la discografía completa de Pablito Ruiz, pero se la arrebató el locutor móvil porque en lugar de decir: “… y un saludo para toda la mara —estaba al aire— que está escuchando la Marca”, dijo: “…la Atmósfera”. Ya se imaginan lo que todos los que estaban dijeron, le gritaron o se le pasó por la ñola. No estaba solo cuando se quedó cuajado en el baño de un chupadero con la puerta abierta, con el pantalón a media asta. Ni cuando para no ensuciarle el piso a la nana, hizo guacalito con las manos para echar el buitre y lo salió a tirar al corredor: se le olvidó pensar que cuando uno vomita no echa sólo una bocarada. Ni cuando se tropezó con una cubeta y se fue de bruces encima de una alfombra para Semana Santa, media hora antes de que pasara la Prose.
En fin, la lista es extensa muchá. Baste decir que con Juan Ramón quedó instaurada definitivamente (esto tiene mucho mérito, no me vayan a decir que no) la expresión: ¡Muuuulaaaa!, que acostumbramos a emplear cariñosamente cuando alguien se cae en público , bota la chela en la mesa y empapa a la traida llena-de-mierdas de algún cuate o se mete talegazos en la burra cuando se levanta o sale por la puerta de atrás . Juan Ramón Andrés Ricardo es el prototipo del “buen Guatemalteco”, de lo que realmente somos. Porque, aunque no lo queramos aceptar, así somos: mulas. Y hay mulas en la calle y en el Congreso. Hay mulas por todas partes. Juan Ramón Andrés Ricardo cree que tiene un problema grueso y aunque le cueste aceptarlo, no le queda otra y le hace güevos. Yo creo que Juan Ramón Andrés Ricardo somos todos y por eso nacimos donde nacimos. La diferencia entre él y el resto es que, al menos, él ya ha aceptado su condición y el resto NO. El resto cree que es la mera mierda, con sus títulos, con sus familias bonitas, con sus carros, con sus trabajos, con sus vacaciones, con sus amigos cul, con sus partis, con su nivel intelectual, con su personalidad, con su: “a mí no me comparen”. Ese resto es una especie de plaga. Y están diseminados. Y son los que figuran. Y son los que mandan, los que controlan, los que dicen qué se hace y qué no. Por eso Guatemala es lo que es. Es el destino, muchá. Hagámosle güevos.
La mara se le quedó viendo como diciendo: ¿Y vos quéeeeeee putas mano? Juan Ramón Andrés Ricardo (asi se llama y no es pajas) no aguantó la presión y soltó un aullido y empezó a chiar como si le ‘bieran amputado una pierna sin una gota de anestesia. Sí, se puso a chiar enfrente de todos. Y el coordinador, Don Pelos, aguantándose la risa, tuvo que acercársele y abrazarlo, para que se calmara. De ahí en adelante, todos sus testimonios tenían un hilo conductor: soy un mula, es que por mula, mero mula, yo tan mula vos, no se me quita lo mula, para mula no se estudia, yo de mula, mula que es uno…
La verdad es que si Juan Ramón fuera un ermitaño a lo mejor no se sentiría tan presionado por su clavo, pero la onda es que la vez que tiró el cigarro y se quedó con el cuete, haciéndose mierda tres dedos de la mano derecha, no estaba solo: estaban sus veintipico de primos. Tampoco estaba solo cuando por llevársela de graciocito corrió detrás de una burra para irse colgando de la escalera, olvidando limpiarse las manos después de haber hartado pollo frito; la grasa, ni modo: los raspones en la ficha tardaron un vergo en volverse costra y tuvieron que ponerle un par de dientes nuevos. Nunca estaba solo; siempre había más de algún testigo. Como la vez que en la fila de un conciertón pérez estuvo a punto de ganarse la discografía completa de Pablito Ruiz, pero se la arrebató el locutor móvil porque en lugar de decir: “… y un saludo para toda la mara —estaba al aire— que está escuchando la Marca”, dijo: “…la Atmósfera”. Ya se imaginan lo que todos los que estaban dijeron, le gritaron o se le pasó por la ñola. No estaba solo cuando se quedó cuajado en el baño de un chupadero con la puerta abierta, con el pantalón a media asta. Ni cuando para no ensuciarle el piso a la nana, hizo guacalito con las manos para echar el buitre y lo salió a tirar al corredor: se le olvidó pensar que cuando uno vomita no echa sólo una bocarada. Ni cuando se tropezó con una cubeta y se fue de bruces encima de una alfombra para Semana Santa, media hora antes de que pasara la Prose.
En fin, la lista es extensa muchá. Baste decir que con Juan Ramón quedó instaurada definitivamente (esto tiene mucho mérito, no me vayan a decir que no) la expresión: ¡Muuuulaaaa!, que acostumbramos a emplear cariñosamente cuando alguien se cae en público , bota la chela en la mesa y empapa a la traida llena-de-mierdas de algún cuate o se mete talegazos en la burra cuando se levanta o sale por la puerta de atrás . Juan Ramón Andrés Ricardo es el prototipo del “buen Guatemalteco”, de lo que realmente somos. Porque, aunque no lo queramos aceptar, así somos: mulas. Y hay mulas en la calle y en el Congreso. Hay mulas por todas partes. Juan Ramón Andrés Ricardo cree que tiene un problema grueso y aunque le cueste aceptarlo, no le queda otra y le hace güevos. Yo creo que Juan Ramón Andrés Ricardo somos todos y por eso nacimos donde nacimos. La diferencia entre él y el resto es que, al menos, él ya ha aceptado su condición y el resto NO. El resto cree que es la mera mierda, con sus títulos, con sus familias bonitas, con sus carros, con sus trabajos, con sus vacaciones, con sus amigos cul, con sus partis, con su nivel intelectual, con su personalidad, con su: “a mí no me comparen”. Ese resto es una especie de plaga. Y están diseminados. Y son los que figuran. Y son los que mandan, los que controlan, los que dicen qué se hace y qué no. Por eso Guatemala es lo que es. Es el destino, muchá. Hagámosle güevos.
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