(Hermann Hesse - Bajo la rueda, 1906).
Se que no tenés idea de lo que te hablo, seguro, pero no te preocupes: algún día la tendrás
lunes, 5 de agosto de 2019
¿y quién sabe cuántos?
" Entre genios y maestros existe desde antaño un ancho abismo y
cuando cualquiera de los primeros apunta en la escuela, es para los
profesores un horror anticipado. Genios son todos los peores, los que no
muestran ningún respeto en su presencia, los que comienzan a fumar a
los catorce años, se enamoran a los quince, y a los dieciséis frecuentan
la taberna, escriben composiciones insolentes y rebeldes, leen algunos
libros prohibidos y se manifiestan, en todo momento, como candidatos
a los más severos castigos. Un maestro tiene más a gusto diez asnos
notorios que un solo genio en su curso, y mirándolo bien, no le falta
razón, pues su tarea no es formar espíritus extravagantes, sino buenos
latinistas, matemáticos y hombres leales y honrados. Pero ¿quién sufre
más a manos del otro? ¿El maestro del muchacho o viceversa? ¿Quién de
los dos es más tirano, más inoportuno y fatigador y cuál echa a perder y
arruina pedazos enteros de la otra alma? Eso no puede averiguarse sin
reflexionar con amargura y sentir ira y vergüenza al recordar la propia
juventud. Aunque queda el consuelo de que a los verdaderos genios casi
siempre se les cicatrizan las heridas, que también ellos acaban por
convertirse en personas capaces a pesar de la escuela, de producir otras
buenas y de que, años más tarde, cuando ya han muerto y su memoria está
cercada con el nimbo luminoso de la gloria lejana, las nuevas
generaciones les tomen como norma y ejemplo. Y así se repite, de escuela
en escuela, el espectáculo de la lucha entre la ley y el espíritu, y
volvemos a ver siempre cómo Estado y escuela se abstraen en la tarea de
matar y desarraigar a los espíritus más hondos y valiosos que brotan
cada año. Y casi siempre suelen ser los más odiados por los maestros,
los castigados con mayor rigor, los huidos o los expulsados de las
aulas, quienes después acrecientan el tesoro de nuestro pueblo. Algunos
empero —¿y quién sabe cuántos?— se consumen en silenciosa terquedad y
acaban por hundirse".
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