Creo que fue en el 2010, pero no estoy muy seguro. En la pequeña
bodega de la casa aparecieron unas bolitas negras, como granos de arroz
quemados. “Caca de ratón”, diagnosticó Z., “hay que comprar veneno”. Yo
nunca le había tenido miedo a los ratones, de manera que no me inquietó
la idea de un roedor errando por la casa en horas de la noche. Revisamos
y limpiamos las latas que habían sido infectadas, tiramos otras, y, en
fin, hicimos limpieza.
Alguien nos aconsejó un veneno eficaz. Uno que disecaba a los
ratones, sin dejar que se pudrieran y apestaran la casa. Lo curioso era
que el veneno para ratas resultaba idéntico a la caca, solo que de color
verde. Regamos la casa con los granitos verdes y nos olvidamos del
roedor. A veces, de noche, se oía caer algo, en la despensa, y decíamos:
“El ratón”.
Una vez, al regresar tarde de una cena, nos recibió el olor espeso a
rata muerta. “¿Y no que se disecaban, pues?”, reclamé inútilmente. Era
tarde. No nos íbamos a poner a recoger a la rata (por el olor, era rata,
no podía ser un ratoncito) a esas horas. “Mañana la recojo yo”, dijo Z.
con seguridad. Como es arrecha y yo no, me sentí aliviado. “Que lo
recoja ella”, pensé.
Al día siguiente, cuando nos levantamos, el olor era insoportable.
Antes que cualquier cosa, antes de bañarse, antes de desayunar, había
que recoger al difunto. Primero había que localizar en dónde se había
guarecido para estirar las patas. Las patitas. No fue difícil. La peste
aumentaba según uno se acercaba a un cuartito lleno de trebejos. Yo
entré primero. La hedentina era densa, marrón, alucinógena. Moví unas
telas. Moví unas piedras. Moví una escultura. Debajo de la escultura
estaba la rata, hinchada, gris, putrefacta, con los ojos todavía vivos,
como si estuviera lista para saltar de un momento a otro.
“Aquí está”, le dije a Z.. “Venga a agarrarla”.
“No”. Se retractó. “Mejor la agarra usted”. Y me pasó la bolsa de plástico.
Bueno. Yo ya estaba allí. Con un papel a manera de guante, cogí la
rata por la cola, una cola larga, larga, larga, y balanceando el
cadáver, lo introduje dentro de la bolsa. Hice un nudo ciego en la parte
de arriba, y salí con mi trofeo hacia el basurero. Me dio una náusea
oceánica.
Y allí murió la rata del 2010.
En el 2011 no hubo ratones ni ratas ni nada.
Y es allí, cuando uno se confía, cuando se descuida, cuando cree que
en el mundo solo hay gentes y cucarachas, cuando uno se duerme, allí
mero es cuando le cae la daga (daga:Es más larga que un puñal y más corta que una espada. Suele poseer doble filo y guarda para proteger el puño.)
Mi señor padre se volvió un experto en la lucha contra ratas y
ratones. Mientras mi madre y mis hermanos se encerraban en el cuarto
donde estaba el roedor, y armados de escobas acababan con el enemigo
entre gritos e histerias, mi padre, más científico, primero agotaba las
trampitas guillotina, esas que en la noche hacen “clac”, y uno piensa
“cayó”, y en efecto, al día siguiente, con sabroso horror, uno ve al
ratón despescuezado frente al pedazo de carne que no logró alcanzar.
Luego, mi papá se dedicó a las jaulas, en donde las ratas se quedaban
atrapadas y vivas.
Ningún problema.
Las metía en una cubeta y solo veía las burbujitas que subían a la superficie.
Pues en el 2012 nos invadieron las ratas. Una colonia entera de ratas
se metió a la casa. El venenito verde les causaba Risa. Hubo que
llamar a una empresa exterminadora de plagas. Una elegante empresa con
su flota de pickups, con el emblema y escudo impreso en las portezuelas,
guantes de hule y mascarilla antigás. Vino el Ingeniero en persona –de
aquí en adelante, “el Exterminador”. Dio un paseo por la casa, observó
estragos, caquitas y recorridos, y dictaminó: “Hay ratón”.
Ante tal diagnóstico, nos rendimos a sus consejos. Además de regar
por toda la casa, en los sitios que, según él, eran los favoritos de los
ratones, un veneno sospechosamente parecido al que habíamos usado ya,
colocó unas trampitas completamente nuevas para mí. Era un papel
pegajoso, en donde se quedaban pegados, y al día siguiente solo había
que recogerlos y matarlos, porque ya estaban bien entrampados. Comencé a
fantasear en el método para matar a los enemigos. Meterlos en agua no
era aconsejable, nos dijo el Exterminador, porque los hijos de su madre
nadaban mejor que nuestros atletas olímpicos y se volverían a escapar.
Lo primero es que caigan, dijo. Luego veremos. Yo seguía pensando en
cómo matar eficazmente a un ratón.
La noche sucesiva, oímos un montón de ruidos. “Ya cayeron”, pensamos,
repitiendo los pensamientos de la infancia. Al día siguiente, lo
primero que hicimos fue ir a buscar a las ratas. No estaban. El papel
pegajoso estaba volteado, pero ni señas. En otro lado, un ratoncito se
había quedado preso. El Exterminador vino por la tarde. Vio al
prisionero y se extrañó de que no lo hubiéramos matado. “Lo esperábamos a
usted”, le confesé, cobarde. Él me miró extrañado, cogió al ratón,
cogió un martillito como esos que usan los médicos para medir los
reflejos y de un golpe se lo echó. Poca sangre. Pobre ratón.
Cuando vio el resto, dijo: “Aquí hay rata gruesa”. Y volvió a echar
el veneno y puso nuevas trampas pegajosas. “En estas caen solo los
ratoncitos”, explicó. “Las ratas grandes se despegan con facilidad”.
Al día siguiente teníamos visitas. Entraron, tomaron café con pan,
conversaron, y cuando se disponían a irse, se encontraron en el corredor
de la salida con un espectáculo de terror: una gran rata caminaba en
círculos, como si estuviera borracha, mientras un ratoncito la seguía,
también él envenenado. Las visitas se fueron corriendo y nos dejaron con
el problema. ¿Y ahora? La rata temblaba, de veneno, miedo y
agresividad, mientras el ratoncito la seguía, buscando protección. “Hay
que matarlos”, nos dijimos. Agarramos un gran palo de trapeador y nos
acercamos a los dos animales. Cuando nos vieron, chillaron, como
amenazando. En ese instante, me di cuenta de que no sería capaz de
matarlos. Tampoco Z. Entonces tuvo una idea. Les puso encima una
papelera de metal, cuyas paredes eran de alambre trenzado, y encima unos
ladrillos. La rata y el ratón se quedaron presos, esperando la muerte.
Entonces sucedió una cosa que nos encogió el corazón. Sintiendo el
peligro, la madre se metió al hijo bajo el cuerpo, para protegerlo. El
ratoncito se acogió al poco calor que le daba el cuerpo de la rata. Los
dejamos allí, pero nos obsesionaba pensar que, mientras estábamos en
otro lado de la casa, en la cubeta alrevesada los dos animales
agonizaban. No pudimos comer en paz. No pudimos dormir en paz.
Al día siguiente estaban muertos. El Exterminador llegó en la mañana,
encontró que el ratoncito aún daba signos de vida y le aplicó el
golpecito con su martillo acabador. “No se preocupen, este veneno es muy
eficaz. Se comienzan a deshacer por dentro y se mueren por las
hemorragias internas”, explicó, para mayor náusea y espanto. “Me llevo
los cadáveres y mañana regreso por los otros, porque van a caer más”.
Así fue.
Por varios días, estábamos en casa con basca permanente, mientras
encontrábamos ratones moribundos, vomitando sangre, dejando un rastro
que después limpiábamos con amoníaco y lejía. Nunca nos fue posible
darles el golpe de gracia. Seguimos aplicando el método de la cubeta
alrevesada, y allí, en prisión, iban agonizando los roedores.
La plaga se acabó cuando el Exterminador encontró la guarida en el
patio. “Aquí es de donde vienen”, dijo. Mandamos a traer a don Fulanito,
albañil de profesión, que selló las entradas de la cueva. Allí se
habrán muerto los demás, de hambre o de asfixia.
Me di cuenta de que era incapaz de matar a un ratón. Me sentí inadecuado. De algún modo ridículo, fuera de lugar.
Pensé en los kaibiles, pensé en Ríos Montt.
Se que no tenés idea de lo que te hablo, seguro, pero no te preocupes: algún día la tendrás
domingo, 21 de julio de 2013
domingo, 7 de julio de 2013
No pido mas
El dia que yo me muera
no te olvides de ponerme zapatos
es de mal gusto ir a cualquier lugar
descalzo a menos que me vayas a
enterrar en la playa.
Poneme una camisa de colores
y un pantalon de diario, no pido mas.
No me lleves por las calles y avenidas
no me enseñes a los ojos de las gentes
que mis ojos no quieren ver.
No te llenes de nostalgia, ni tristeza,
ni dolores.
El final es mas sencillo que el camino
simplemente no hay camino. Y Ya.
Entierrame en linea recta y sin pausas,
de la casas al monte donde me van a
comer los gusanos.
dejama moror como vivi
Sin discuros, sin protocolos
tratando de hacer las cosas
simples.
no te olvides de ponerme zapatos
es de mal gusto ir a cualquier lugar
descalzo a menos que me vayas a
enterrar en la playa.
Poneme una camisa de colores
y un pantalon de diario, no pido mas.
No me lleves por las calles y avenidas
no me enseñes a los ojos de las gentes
que mis ojos no quieren ver.
No te llenes de nostalgia, ni tristeza,
ni dolores.
El final es mas sencillo que el camino
simplemente no hay camino. Y Ya.
Entierrame en linea recta y sin pausas,
de la casas al monte donde me van a
comer los gusanos.
dejama moror como vivi
Sin discuros, sin protocolos
tratando de hacer las cosas
simples.
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