domingo, 21 de julio de 2013

El exterminio de los ratones

Creo que fue en el 2010, pero no estoy muy seguro. En la pequeña bodega de la casa aparecieron unas bolitas negras, como granos de arroz quemados. “Caca de ratón”, diagnosticó Z., “hay que comprar veneno”. Yo nunca le había tenido miedo a los ratones, de manera que no me inquietó la idea de un roedor errando por la casa en horas de la noche. Revisamos y limpiamos las latas que habían sido infectadas, tiramos otras, y, en fin, hicimos limpieza.

Alguien nos aconsejó un veneno eficaz. Uno que disecaba a los ratones, sin dejar que se pudrieran y apestaran la casa. Lo curioso era que el veneno para ratas resultaba idéntico a la caca, solo que de color verde. Regamos la casa con los granitos verdes y nos olvidamos del roedor. A veces, de noche, se oía caer algo, en la despensa, y decíamos: “El ratón”.

Una vez, al regresar tarde de una cena, nos recibió el olor espeso a rata muerta. “¿Y no que se disecaban, pues?”, reclamé inútilmente. Era tarde. No nos íbamos a poner a recoger a la rata (por el olor, era rata, no podía ser un ratoncito) a esas horas. “Mañana la recojo yo”, dijo Z. con seguridad. Como es arrecha y yo no, me sentí aliviado. “Que lo recoja ella”, pensé.

Al día siguiente, cuando nos levantamos, el olor era insoportable. Antes que cualquier cosa, antes de bañarse, antes de desayunar, había que recoger al difunto. Primero había que localizar en dónde se había guarecido para estirar las patas. Las patitas. No fue difícil. La peste aumentaba según uno se acercaba a un cuartito lleno de trebejos. Yo entré primero. La hedentina era densa, marrón, alucinógena. Moví unas telas. Moví unas piedras. Moví una escultura. Debajo de la escultura estaba la rata, hinchada, gris, putrefacta, con los ojos todavía vivos, como si estuviera lista para saltar de un momento a otro.

“Aquí está”, le dije a Z.. “Venga a agarrarla”.

“No”. Se retractó. “Mejor la agarra usted”. Y me pasó la bolsa de plástico.

Bueno. Yo ya estaba allí. Con un papel a manera de guante, cogí la rata por la cola, una cola larga, larga, larga, y balanceando el cadáver, lo introduje dentro de la bolsa. Hice un nudo ciego en la parte de arriba, y salí con mi trofeo hacia el basurero. Me dio una náusea oceánica.

Y allí murió la rata del 2010.

En el 2011 no hubo ratones ni ratas ni nada.

Y es allí, cuando uno se confía, cuando se descuida, cuando cree que en el mundo solo hay gentes y cucarachas, cuando uno se duerme, allí mero es cuando le cae la daga (daga:Es más larga que un puñal y más corta que una espada. Suele poseer doble filo y guarda para proteger el puño.)


 Mi señor padre se volvió un experto en la lucha contra ratas y ratones. Mientras mi madre y mis hermanos se encerraban en el cuarto donde estaba el roedor, y armados de escobas acababan con el enemigo entre gritos e histerias, mi padre, más científico, primero agotaba las trampitas guillotina, esas que en la noche hacen “clac”, y uno piensa “cayó”, y en efecto, al día siguiente, con sabroso horror, uno ve al ratón despescuezado frente al pedazo de carne que no logró alcanzar. Luego, mi papá se dedicó a las jaulas, en donde las ratas se quedaban atrapadas y vivas.

Ningún problema.

Las metía en una cubeta y solo veía las burbujitas que subían a la superficie.

Pues en el 2012 nos invadieron las ratas. Una colonia entera de ratas se metió a la casa. El venenito verde les causaba Risa. Hubo que llamar a una empresa exterminadora de plagas. Una elegante empresa con su flota de pickups, con el emblema y escudo impreso en las portezuelas, guantes de hule y mascarilla antigás. Vino el Ingeniero en persona –de aquí en adelante, “el Exterminador”. Dio un paseo por la casa, observó estragos, caquitas y recorridos, y dictaminó: “Hay ratón”.

Ante tal diagnóstico, nos rendimos a sus consejos. Además de regar por toda la casa, en los sitios que, según él, eran los favoritos de los ratones, un veneno sospechosamente parecido al que habíamos usado ya, colocó unas trampitas completamente nuevas para mí. Era un papel pegajoso, en donde se quedaban pegados, y al día siguiente solo había que recogerlos y matarlos, porque ya estaban bien entrampados. Comencé a fantasear en el método para matar a los enemigos. Meterlos en agua no era aconsejable, nos dijo el Exterminador, porque los hijos de su madre nadaban mejor que nuestros atletas olímpicos y se volverían a escapar. Lo primero es que caigan, dijo. Luego veremos. Yo seguía pensando en cómo matar eficazmente a un ratón.

La noche sucesiva, oímos un montón de ruidos. “Ya cayeron”, pensamos, repitiendo los pensamientos de la infancia. Al día siguiente, lo primero que hicimos fue ir a buscar a las ratas. No estaban. El papel pegajoso estaba volteado, pero ni señas. En otro lado, un ratoncito se había quedado preso. El Exterminador vino por la tarde. Vio al prisionero y se extrañó de que no lo hubiéramos matado. “Lo esperábamos a usted”, le confesé, cobarde. Él me miró extrañado, cogió al ratón, cogió un martillito como esos que usan los médicos para medir los reflejos y de un golpe se lo echó. Poca sangre. Pobre ratón.

Cuando vio el resto, dijo: “Aquí hay rata gruesa”. Y volvió a echar el veneno y puso nuevas trampas pegajosas. “En estas caen solo los ratoncitos”, explicó. “Las ratas grandes se despegan con facilidad”.

Al día siguiente teníamos visitas. Entraron, tomaron café con pan, conversaron, y cuando se disponían a irse, se encontraron en el corredor de la salida con un espectáculo de terror: una gran rata caminaba en círculos, como si estuviera borracha, mientras un ratoncito la seguía, también él envenenado. Las visitas se fueron corriendo y nos dejaron con el problema. ¿Y ahora? La rata temblaba, de veneno, miedo y agresividad, mientras el ratoncito la seguía, buscando protección. “Hay que matarlos”, nos dijimos. Agarramos un gran palo de trapeador y nos acercamos a los dos animales. Cuando nos vieron, chillaron, como amenazando. En ese instante, me di cuenta de que no sería capaz de matarlos. Tampoco Z. Entonces tuvo una idea. Les puso encima una papelera de metal, cuyas paredes eran de alambre trenzado, y encima unos ladrillos. La rata y el ratón se quedaron presos, esperando la muerte.

Entonces sucedió una cosa que nos encogió el corazón. Sintiendo el peligro, la madre se metió al hijo bajo el cuerpo, para protegerlo. El ratoncito se acogió al poco calor que le daba el cuerpo de la rata. Los dejamos allí, pero nos obsesionaba pensar que, mientras estábamos en otro lado de la casa, en la cubeta alrevesada los dos animales agonizaban. No pudimos comer en paz. No pudimos dormir en paz.

Al día siguiente estaban muertos. El Exterminador llegó en la mañana, encontró que el ratoncito aún daba signos de vida y le aplicó el golpecito con su martillo acabador. “No se preocupen, este veneno es muy eficaz. Se comienzan a deshacer por dentro y se mueren por las hemorragias internas”, explicó, para mayor náusea y espanto. “Me llevo los cadáveres y mañana regreso por los otros, porque van a caer más”.

Así fue.

Por varios días, estábamos en casa con basca permanente, mientras encontrábamos ratones moribundos, vomitando sangre, dejando un rastro que después limpiábamos con amoníaco y lejía. Nunca nos fue posible darles el golpe de gracia. Seguimos aplicando el método de la cubeta alrevesada, y allí, en prisión, iban agonizando los roedores.

La plaga se acabó cuando el Exterminador encontró la guarida en el patio. “Aquí es de donde vienen”, dijo. Mandamos a traer a don Fulanito, albañil de profesión, que selló las entradas de la cueva. Allí se habrán muerto los demás, de hambre o de asfixia.

Me di cuenta de que era incapaz de matar a un ratón. Me sentí inadecuado. De algún modo ridículo, fuera de lugar.

Pensé en los kaibiles, pensé en Ríos Montt.

domingo, 7 de julio de 2013

No pido mas

El dia que yo me muera
no te olvides de ponerme zapatos
es  de mal gusto ir a cualquier lugar
descalzo a menos que me vayas a
enterrar en la playa.

Poneme  una camisa de colores
y un pantalon de diario, no pido mas.


No me lleves por las calles y avenidas
no me enseñes a los ojos de las gentes
que mis ojos no quieren ver.

No te llenes de  nostalgia, ni tristeza,
ni dolores.

El final es mas sencillo que el camino
simplemente no hay camino. Y Ya.

Entierrame en linea recta y sin pausas,
de la casas al monte donde me van a
comer los gusanos.


dejama moror como vivi
Sin discuros, sin protocolos
tratando de hacer las cosas
simples.