Por fin se murió el muy hijo de perra,
pensaba después de escuchar con total impaciencia la obligada lectura
que notarios, abogados, licenciados, da igual, tienen que hacer de esa
despedida del mundo que por convención hemos llamado "testamento". Pero
él, el muerto, había convertido todo esto en un trámite tan oscuro y
terriblemente tedioso como todo aquello que había hecho en vida. Pero
valía la pena atravesar este momento, se reía para sus
adentros de esa frase, si tomáramos en cuenta que toda su vida había
sido determinada por la llegada de este día luminoso en el que el
abogado o licenciado o notario, da igual, terminaría de enunciar su
nombre en distintos párrafos como heredero único de cifras y cifras
seguidas por ceros a la derecha. Un hecho significativo en verdad para
un hombre que se acostumbró a andar detrás, y a la izquierda, de su
patrón.
Así que, cuando el
funcionario terminó con el mencionado protocolo, no pudo ocultar su
ansiedad en el chupeteo constante de sus dientes amarillentos o en la
forma en la que hurgaba la mugre de entre sus uñas con la punta de la
pluma con la que después firmaría una, dos, tres veces la aceptación de
su fortuna. Claro que la ansiedad aumentó al recibir en un sobre lo que
pensó sería la llave de la caja fuerte, aunque en realidad se tratara de
una combinación de números: seis dígitos espaciados por un guión.
Intentó calmarse. Vale la pena esperar, llegar a casa, mover el cuadro de la puta, de
la madre del difunto y abrir, como en las películas, aquella caja
mágica que contendría el producto de años y años de estafas y tacañerías
que aquél bastardo se dedicó a atesorar.
Después de un click, la puerta cedió sin ninguna complicación. Así que el cabrón dejó de mentir en el último minuto, pensaba
mientras venían a su mente las imágenes vivas del paraíso: las
escrituras de la casa en Lomas, el departamento en la zona diamante de
Acapulco, líquido y, por supuesto, los títulos de la compañía a la que
había servido por veinte años de esta puta vida. En todo eso pensaba cuando tomó entre sus manos aquella nota que contenía la frase que le había hecho incendiar la casa:
"No olvides poner mis calcetines en su cajón".
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