jueves, 31 de mayo de 2012

Una historia feliz y un par de calcetines



Por fin se murió el muy hijo de perra, pensaba después de escuchar con total impaciencia la obligada lectura que notarios, abogados, licenciados, da igual, tienen que hacer de esa despedida del mundo que por convención hemos llamado "testamento". Pero él, el muerto, había convertido todo esto en un trámite tan oscuro y terriblemente tedioso como todo aquello que había hecho en vida. Pero valía la pena atravesar este momento, se reía para sus adentros de esa frase, si tomáramos en cuenta que toda su vida había sido determinada por la llegada de este día luminoso en el que el abogado o licenciado o notario, da igual, terminaría de enunciar su nombre en distintos párrafos como heredero único de cifras y cifras seguidas por ceros a la derecha. Un hecho significativo en verdad para un hombre que se acostumbró a andar detrás, y a la izquierda, de su patrón.
Así que, cuando el funcionario terminó con el mencionado protocolo, no pudo ocultar su ansiedad en el chupeteo constante de sus dientes amarillentos o en la forma en la que hurgaba la mugre de entre sus uñas con la punta de la pluma con la que después firmaría una, dos, tres veces la aceptación de su fortuna. Claro que la ansiedad aumentó al recibir en un sobre lo que pensó sería la llave de la caja fuerte, aunque en realidad se tratara de una combinación de números: seis dígitos espaciados por un guión. Intentó calmarse. Vale la pena esperar, llegar a casa, mover el cuadro de la puta, de la madre del difunto y abrir, como en las películas, aquella caja mágica que contendría el producto de años y años de estafas y tacañerías que aquél bastardo se dedicó a atesorar.
Después de un click, la puerta cedió sin ninguna complicación. Así que el cabrón dejó de mentir en el último minuto, pensaba mientras venían a su mente las imágenes vivas del paraíso: las escrituras de la casa en Lomas, el departamento en la zona diamante de Acapulco, líquido y, por supuesto, los títulos de la compañía a la que había servido por veinte años de esta puta vida. En todo eso pensaba cuando tomó entre sus manos aquella nota que contenía la frase que le había hecho incendiar la casa:

"No olvides poner mis calcetines en su cajón".

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