domingo, 22 de marzo de 2009

Me voy

No es fácil llenar una maleta. Supones que basta con vaciar los cajones y sacar algunas prendas del armario, pero no siempre es así. A veces un simple par de calcetines puede retrasar el proceso como no te imaginas. Los sacas del cajón y ya percibes su resistencia. Intentas echarlos en el fondo de la maleta, pero los malditos se te enredan en las manos como si tuvieran vida propia. Por fin, cuando consigues dejarlos en su sitio y te vuelves a coger otra cosa, escuchas detrás de ti una vocecilla que te hace estremecer. Ah -piensas-, no callarán esos calcetines. Imagina que tal proceso se repitiera además con las camisas, con los pantalones, con alguna bufanda malévola que se te tirara al cuello. Necesitarías una tarde entera para una simple maleta. No es fácil, no.

Dicen que la culpa es mia que fui un necio. Y es que trate de pasar la pagina pero cuando más te afanas por pasar página, más se afana ella por volver atrás. No es que mis calcetines hablaran cuando los dejé en la maleta y me volví, hablaba mi corazon. Ella es mi amor decia, no tienes derecho a alejarme de ella.

Algo así decía el muy melodramatico. La mitad de los objetos que metí en la maleta pronunciaron frases semejantes, casi siempre con desprecio. ¿Adónde te crees que vas? -me dijo mi blog, con palabras bastante vulgares y clasicas de el-. Sin su luz plateada perderas tambien la inspiracion, me decian.

Necesito terminar con esta tortura, aunque supiera que nadie en el mundo iba a comprender a qué tortura me estoy refiriendo.

Me tortura tu recuerdo, las canciones en la radio. Y para tal despliegue de crueldad, fui una víctima obediente y devota hasta ayer mismo, cuando me mire al espejo y supe que aquel rostro que observabe ya no era mio, ni mia la vida de buen enamorado. De ahí a la maleta sólo hubo un paso.

Necesito perderme, ¿lo entiendes?

Cuando leas esta carta estaré lejos. Aún no se dónde exactamente, pero seguro que en algún lugar lleno de ruidos, de olores, de gestos infinitos que me distraigan.


Siento la necesidad de salir a la calle y mezclarme con la gente, quiero entrar en las tiendas a coger y dejar cosas para que mis manos recobren el tacto de las viejas texturas. No centrarme en nada, no excluir nada ni sentir preferencia alguna.


Una gran ciudad, por supuesto. Con largas avenidas llenas de curiosos y mendigos, de parejas con niños, de vendedores de objetos inútiles cuyo precio preguntaré por el simple placer de no recordar ninguno. ¿Lo entiendes?

Creo que no. Hasta es posible que, en lugar de hacer comprensible mi acto, esta carta multiplique la perplejidad que sentiras desde hoy al llegar a tu buzon de correo y no encontrarme. Recorreras entonces por mi blog buscándo tus byts y encontraras los cajones abiertos, sin maleta, y sin los poemas que te escribia cada noche. Seguro que nunca los guardaste o los imprimiste, y que no fuiste capaz de comprender ese amor tan puro y sin malicia, paciente, fiel, desinteresado. Por eso escribo estas líneas.

Yo deseo todas las perspectivas para, dentro de algún tiempo, puedas recobrar a este hombre que te pertenece. No es que tu tuvieras la culpa, eso sería simplificar demasiado las cosas, pero de alguna manera provocaste que saliera el esclavo que todos llevamos dentro. Una pastilla y tendrás el paraíso. ¡Cuántos seres humanos firmarían ese contrato! Sin demasiadas dudas, sin más dolor que el roce de las argollas uncidas a los pies.


El paraíso a cambio de unos gramos de orgullo: parece un trueque difícil de rehusar. Yo no pude, ni quise, y tal vez ahora me daría cien capones diarios de habérseme ocurrido semejante estupidez. Quién sabe, hasta sería aún más esclavo de tu nombre de lo que llegué a serlo en realidad. Me hubiera vuelto loco de melancolía.

El cambio fue sencillo. Yo nunca he sido gran cosa, un sillar más en el gran edificio del mundo. Me levantaba, iba a trabajar, comía...en fin. Mi única excelencia era juntar palabras y apilar versos con cierto sentido. Cinco o seis poemillas a la semana, no muchos más. Por eso no tuve que renunciar a casi nada -eso creí hasta ayer mismo- a cambio de mi propio paraíso. De sillar numerado a clave de un arco infinito que eras tú. De poeta sin musa a esclavo en el edén. Como respirar, así de fácil.

un año de naufragio voluntario en esa isla con la que todos los hombres sueñan alguna vez. Y ahora, de repente, me voy corriendo a la playa, ato unos troncos de palmera y me hago a la mar con mis calcetines parlantes y esta cara barbuda que no soy capaz de reconocer. Un barco, un puerto, una gaviota solitaria con una rama de olivo en el pico.

Y por si fuera poco, te quise con toda mi alma, y te quiero aún, y creo que te querré siempre con una cara o con otra. Desprecia este Hombre-silla que prefiere el caos a la rutina de las cosas. Escupe a quien con tanta dedicación subiste al cielo y ahora se escabulle por la puerta trasera hacia cualquier gomorra de vendedores ambulantes.


Llámame loco, payaso, desagradecido... pero no te olvides de comprenderme un instante aunque sólo sea por los viejos tiempos. A los esclavos que huyen siempre hay que apoyarlos un poco, aunque su señor sea rico, bello y justo y les haya tratado como a príncipes. Hay algo decente en su rebelión. Y si me amaste y me sigues amando sentada en la cama con esta carta sobre las piernas, niña, déjame huir también dentro de tu memoria.

Espero un tren. Ha sido una noche muy larga y ahora, con la tímida luz de la mañana, llega la hora de partir. Tengo miedo y la culpa me muerde los huesos. Cada segundo que pasa siento la tentación de desandar el camino e ir a tu casa.


Ella te espera -murmuran los calcetines dentro de la maleta-. Ve, tonto, ella sabrá perdonarte. Cada segundo que niego soy un poco más fuerte, un poco más sordo en realidad. Supongo que en dos o tres meses sólo escucharé un runrún de fondo en el barullo de gestos y olores de esa gran ciudad a la que marcho. En dos o tres años, volveré a ser ese sordo perfecto que siempre fui antes de conocerte. Una silla más en el gran edificio del mundo.

Ahora sentado estoy en el aeropuerto
esperando un avion que me llevara muy lejos.